Reflexión del pastor Diego Alfaro

18 de diciembre de 2025

Qué difícil es ver a Dios en medio de las encrucijadas de la vida. Aun así, en los cruces dolorosos de cada biografía y en cada complejo entramado social, nace Emanuel. Ayer y hoy, Dios se acerca a nosotras y nosotros.

En el texto de este domingo vemos a José en una encrucijada. María está embarazada y él, su prometido, no es el padre. El narrador de la historia nos anticipa que esta concepción es obra del Espíritu Santo, pero José no lo sabe. El relato coloca este momento clave de la historia de la salvación en el marco de una experiencia concreta de dudas y dolor, atravesada por desigualdades de época.

Nada se nos dice de cómo María podría estar transitando este mismo hecho. La condena social sobre una mujer embarazada fuera de las expectativas de su tiempo era sumamente dura, incluso fatal. Transitar un embarazo condicionado por mandatos sociales punitivos es signo de un mundo que aún no ha aprendido a acoger la vida de las mujeres.

José vislumbra uno de los senderos posibles para salir de la encrucijada: apartarse de María para librarla del peso de la condena social. Pero tampoco ese horizonte ofrecía resguardo para ella, en un mundo donde la supervivencia de una mujer pendía de redes familiares y económicas sostenidas por la figura de un varón. La fragilidad de maternar sin redes de apoyo no es virtud ni prueba, sino el reflejo de un mundo que todavía no sabe tejer cuidados.

José recibe un mensaje que quiebra el curso de la historia. No es su discernimiento humano lo que abre un nuevo camino, sino una voz de otro orden, un enviado, un ángel. La posibilidad de entrever a Dios en medio de las experiencias más dolorosas no nace de nuestras fuerzas, sino que irrumpe donde menos lo esperamos, desbarata toda expectativa, desarma todo cálculo.

Y así también, en medio de las encrucijadas más hondas de la vida, Dios nace como Jesús. Un Dios que se aproxima y acompasa nuestras dudas y dolores. Una cercanía que transforma la historia desde adentro, haciendo nacer en lo humano horizontes que antes no podían imaginarse, y con ellos, esa fe que no forjamos nosotrxs, sino que nos es regalada como don para poder acoger al niño que nace, Emanuel, Dios con nosotras y nosotros.

Y en esa presencia que se hace cuerpo e historia, asoma la salvación anunciada. En medio de las injusticias, de las miradas que juzgan y de las encrucijadas dolorosas de todos los tiempos, asoma la decisión de Dios de abrir caminos allí donde no los hay. En Jesús, Dios no solo acompaña nuestras encrucijadas; las transforma en un lugar de encuentro, de llantos compartidos, de escucha atenta, de fe que nace y de un amor que se abre paso.


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